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Las obras de los alcaldes

A Susana Villarán se la tilda de ineficiente y poco transparente. Es la gran consigna de la campaña por el Sí a la revocatoria. ¿Cómo comprobar objetivamente si es cierto? Una aproximación posible y válida es comparar la gestión actual con la de sus predecesores. PODER decidió tomar ese camino y elaboró una radiografía de lo realizado por Jorge del Castillo, Ricardo Belmont, Alberto Andrade y Luis Castañeda hasta llegar a Villarán. Saque usted sus propias conclusiones.

Por Luis Corvera
Ilustración: Marcelo Pérez Dalannays

HERRAMIENTAS

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Las elecciones municipales del 9 de diciembre de 1986 fueron quizá las más cuestionadas desde el retorno de la democracia a nuestro país. Se enfrentaban dos candidatos de peso: Alfonso Barrantes Lingán, ‘Frejolito’, de Izquierda Unida, quien tentaba la reelección tras haber perdido en las elecciones presidenciales frente a Alan García un año antes; y Luis Bedoya Reyes, el ‘Tucán’, alcalde en los sesenta y quien también fue derrotado en las elecciones generales de 1985. Sin embargo, el ganador fue un novel Jorge Del Castillo, quien acababa de terminar una gestión nada sobresaliente en la Municipalidad de Barranco.

Con García con más de 80% de popularidad —era la etapa dorada de su gobierno, gastando todos los billetes que podía imprimir en el BCR—, el balconazo que dio una semana antes de las elecciones municipales en favor de Del Castillo fue el puntapié que permitió a este último alcanzar la victoria frente a Barrantes. De hecho, fue García quien realmente se encargó de hacerle la campaña electoral a su compañero, cuya promesa central fue la construcción de un tren eléctrico. Con ese empujoncito, superó a ‘Frejolito’ con apenas tres puntos porcentuales. Las elecciones fueron cuestionadas aduciendo que hubo fraude, tras un proceso plagado de anomalías y que se debió ganar en mesa, pues el conteo de votos tardó casi dos meses y el ganador fue anunciado un día antes de su juramentación como alcalde provincial de Lima, el 30 de diciembre de 1986.

La capital enfrentaba dos grandes problemas: la informalidad que había tomado el centro de la ciudad —con el consiguiente aumento de inseguridad—, la acumulación de basura en las calles y el caótico y obsoleto sistema de transporte público (el 70% de las pocas unidades que tenía Lima pasaban por el frontis de Palacio de Gobierno). Del Castillo no logró desterrar la informalidad y en el transporte apostó por los corredores viales. Nacieron así los corredores de Alfonso Ugarte, Tomás Marsano y Brasil. Eso fue todo. Sin embargo, la historia no lo recuerda como un pésimo alcalde. Es más, él hoy sentencia que Villarán debe ser revocada por ineficaz, pese a que en sus tres años de gestión tuvo menos logros que exhibir que la actual alcaldesa hasta la fecha.

Pero no solo Del Castillo tuvo poco que exhibir. Alberto Andrade, si bien fue el alcalde más querido desde la década del ochenta por el corazón que le puso a su gestión, no pudo hacer grandes obras dado el reducido presupuesto con el que contaba. Acertadamente decidió no quedarse de brazos cruzados, sino enfocarse en el otro problema del Cercado de Lima: la erradicación de la informalidad. Videos donde se registran sus grandes batallas campales por recuperar el Jr. Lampa y Pachitea hoy están colgados en YouTube como un recuerdo de que, aun con todo en contra —incluso la policía—, fue capaz de lograr su objetivo.

La falta de fondos tampoco ha sido la única limitación para hacer grandes obras (recuérdese que Lima, a diferencia de otros municipios nacionales, no tiene canon minero). Ricardo Belmont llegó a la municipalidad y se ganó el cariño de Alberto Fujimori, por lo que al inicio de su gestión contó con el apoyo político y los recursos necesarios para realizar obras. El recuadro donde se hace un recuento de las obras permite fácilmente comprobar que es el alcalde que más obras de gran envergadura ha realizado en sus tres primeros años de gestión. Pero, como él mismo dice: “Nos tuvimos que esconder al principio para organizarnos. Nos tomó casi un año y nos criticaban por no hacer nada, pero no se puede dar a luz un niño en tres días. Toma nueve meses. Eso hay que entenderlo”. De allí que hoy se muestre en contra de la revocatoria.

El propio Castañeda, para muchos el verdadero promotor de la revocatoria, tampoco desplegó gran cantidad de obras en su primera gestión. En realidad, la gran mayoría fue formulada hacia el tercer año de su mandato y culminada durante su segundo periodo. De hecho, durante el debate electoral fue notoria su falta de propuestas y evidente que carecía de un plan de gobierno. Ofreció construir el tren de Lima, indicando que ya tenía los estudios listos, pero al final copió la idea de LimaBus propuesta por Andrade; aseguró que erradicaría la inseguridad ciudadana con la creación de un Consejo de Seguridad, órgano que ya existía en el Gobierno central y en sus ocho años de gestión no logró ninguna mejora en este tema; se comprometió con la transparencia, pero esta brilló por su ausencia (como se recuerda, las sesiones del consejo estaban cerradas al público, pese que por ley debían ser públicas).

Ninguno de los cuatro últimos alcaldes limeños ha sido capaz de ejecutar grandes obras en un inicio. Felizmente tuvieron la suerte que no existía la revocatoria (vigente desde 1997) o carecían de enemigos políticos de peso que los atacaran. Susana Villarán, en cambio, cometió el error político de enfrentarse a Alan García, por el Cristo Blanco del Morro Solar, y a Castañeda, por su gestión edilicia. Encima, tuvo “mala suerte” con sus obras. El mar se llevó la arena de la Herradura, el río inundó las obras de Vía Parque Rímac y el Túnel Santa Rosa colapsó. Y si a esto se suma su falta de capacidad para comunicar sus logros y explicar los yerros, fue fácil para sus opositores conseguir las firmas necesarias para iniciar el proceso de revocatoria.

Es claro que Villarán no ha sido la más ineficiente de la historia. Otros han tenido mucho menos que mostrar en gestiones incluso más largas (Barrantes, por ejemplo, solo puede exhibir haber fundado el Programa Vaso de Leche, hoy muy cuestionado). Tampoco es la más corrupta. Hay quienes enfrentaron acusaciones muy graves, como Del Castillo por el caso del Consorcio Tralima (vinculado a la construcción del tren eléctrico en 1989) y Castañeda por Comunicore, por citar dos ejemplos. Es falso también que sea poco transparente: su antecesor tenía la elocuente chapa de ‘el Mudo’, y en las gestiones anteriores de Del Castillo, Barrantes o Belmont no había página web con información institucional.

Empecemos a hacer memoria.

 

JORGE DEL CASTILLO (1987 - 1989)

La gestión de Del Castillo es de las menos recordadas por los limeños. Mientras su promotor, Alan García, hacía descalabros con su manejo del país y acaparaba todos los reflectores, él pasó prácticamente desapercibido al frente de la Municipalidad Metropolitana de Lima. Tras ser criticado por la falta de obras hacia el final de su gestión, no tuvo mejor idea que buscar desmentir esta afirmación publicando un aviso de dos páginas en El Comercio. Fueron pocas obras y en su mayoría pequeñas, aunque fuese cierto que fue una gestión de apenas tres años. Una de las tareas con las que cumplió Del Castillo fue actualizar el Plan Metropolitano de Lima, una guía para los alcaldes siguientes con las obras que necesitaría la ciudad en un horizonte de veinte años (una tradición que venía desde hacía 40 años atrás).

Al igual que en el Gobierno central, en el municipal existían empresas públicas para todos los servicios: limpieza, transporte, mercados, peajes, obras, inmobiliario, etc. En un contexto de inflación desmedida y desempleo, los sindicatos eran muy fuertes y sus huelgas reclamando aumentos salariales muy frecuentes. Por consiguiente, había problemas de recojo de basura (un mal que Del Castillo nunca enfrentó), el transporte era un caos (pocas unidades, viejas y con tarifas controladas en un contexto de importaciones restringidas de vehículos), el comercio informal ganaba la batalla (en realidad desde 15 años antes venía copando el centro de la ciudad), las pistas estaban en pésimo estado (la empresa de peajes Emape, encargada de las vías, estaba bajo el mando de un desconocido Luis Castañeda Lossio), la delincuencia tomó las calles y se facilitaron las invasiones de terrenos en el norte de Lima (algo que sería muy criticado luego por el desastre urbano que generó y por la corrupción). Los limeños, que en un inicio reclamaron a Del Castillo implementar un sistema de transporte más eficiente y moderno, terminaron exigiendo que al menos se limpiaran las calles. El ápodo de “La Horrible” nunca estuvo mejor justificado para la capital.

 

RICARDO BELMONT (1990 - 1995)

Gracias a sus pastillas para la felicidad, su lenguaje criollo, el lanzamiento de su canal de accionariado difundido y el desprestigio de los partidos políticos, el popular ‘Hermanón’ inició el boom político de los independientes al ganar el sillón municipal con holgura. Unos meses después, un desconocido Alberto Fujimori se convertiría en Presidente de la República y entre ambos surgiría una relación que empezó con elogios y terminó con cuestionamientos.

Con el Plan Metropolitano actualizado durante la gestión de Del Castillo bajo el brazo, Belmont hizo gala del nombre de su partido, Obras, y llenó la ciudad de grandes construcciones. El plan, rebautizado como “Plan Met” luego de ser mejorado por el Instituto Metropolitano de Planificación (fundado por Belmont en 1991), establecía la creación de anillos viales concéntricos alrededor del centro de Lima, interconectados por vías que corriesen tanto a lo largo del río Rímac como sobre él. Además, incluyó la construcción del mercado mayorista de Santa Anita, que se paralizó con un 15% de avance.

Belmont fue reelegido en 1992, a pesar de que meses atrás había anunciado que no postularía al cargo. Al ser un potencial candidato a la Presidencia de la República, en 1994 el gobierno de Fujimori le asestó un duro golpe con la dación del DL 776, que le quitó a dicho municipio el 40% de sus ingresos y dejó a Belmont sin recursos para seguir haciendo obras. Gran parte de los proyectos que hoy se anuncian en realidad estaban por construirse en esos años, pero quedaron truncos. La falta de dinero obligó a eliminar las ineficientes empresas municipales para así obtener recursos.

A pesar de las restricciones de presupuesto y de la campaña de desacreditación lanzada desde los diarios chicha manejados por el régimen de Fujimori, ‘el Hermanón’ decidió tentar suerte en la elección presidencial de 1995. Fracasó rotundamente y optó también por no seguir en la alcaldía.

 

ALBERTO ANDRADE (1996 – 2002)

Cuando Belmont deja el sillón municipal vacante, un reconocido alcalde distrital aprovechó para dar el salto. El eficiente burgomaestre de Miraflores, que contaba con más de 90% de popularidad en su distrito, encandiló a los capitalinos al prometer llevar la modernidad miraflorina a toda la ciudad.

Sin dinero para hacer obras —por la vigencia del DL 776—, optó por buscar financiamiento del extranjero. Se reunió con representantes del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo para que financiaran proyectos de infraestructura para la ciudad. Además, se enfocó en mejorar la cara de Lima: recuperó los espacios públicos, por entonces en manos de la informalidad, y remodeló los espacios ganados.

En sus primeros 100 días de gestión, Andrade creó el Serenazgo de Lima y con el apoyo de su hermano Fernando, que se quedó al frente de la Municipalidad de Miraflores, armó una fuerza municipal que fue capaz de combatir no solo a los ambulantes, sino también a la policía que Fujimori mandó a enfrentar al alcalde y sus desalojos. Recuperó el Jr. Lampa —invadido por los ferreteros—, Pachitea, Azángaro, Colmena y Puno, hasta llegar al Mercado Central. Su éxito, incluso con el Gobierno central y la policía en contra, llevó su aprobación a niveles superiores al 80%, cifras nunca alcanzadas por burgomaestre limeño alguno.

Andrade fue reelegido en 1997. Fujimori, al ver que podría ser un oponente poderoso en las siguientes elecciones presidenciales, empezó a ejecutar obras en Lima para quitarle protagonismo (el periférico Vial Norte) y amplió el mandato edil a cuatro años, de manera que obligaría a Andrade a decidir entre la municipalidad y Palacio de Gobierno.

Mientras tanto, en 1997, convencidos de no poder luchar contra el alcalde, los informales de Polvos Azules entregaron su campo ferial, con pasacalle incluido, y los de Mesa Redonda hicieron lo propio unos años después. En total, más de 200.000 comerciantes abandonaron las calles del Cercado de Lima. Pero, mientras el centro de la capital se recuperaba, el mercado mayorista de Santa Anita era tomado por invasores.

Hacia el final de su gestión, Andrade ya contaba con líneas de crédito del exterior para empezar obras de infraestructura. Quedó cautivado por el proyecto de Graña y Montero para construir una Vía Expresa que, por las avenidas Javier Prado y Faucett, uniera La Molina con el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. El rechazo masivo de la población a la posibilidad de pagar un peaje por la obra obligó a Andrade, que se encontraba en campaña por la reelección en 1998, a ejecutar un proyecto menos ambicioso, con algunas críticas técnicas. Un año después de ser reelecto por abultada mayoría, se decidió a entrar en la pugna por la presidencia del país pero, tras una campaña demoledora en su contra por parte de Fujimori, se retiró de la contienda presidencial de 1999 para apoyar a Alejandro Toledo en una candidatura única de oposición.

 

LUIS CASTAÑEDA (2003 – 2010)

En la campaña municipal del 2002, Luis Castañeda Lossio se burló de la idea de Alberto Andrade de instalar un sistema de buses como solución al problema de transporte en la ciudad, argumentando que Lima necesitaba trenes. Ya ganada la elección, tomó la propuesta de su rival para mostrarla como su gran logro: el Metropolitano.

La gestión de Castañeda fue de pocas palabras, pero compensó su actuar callado con obras de gran impacto mediático: las escaleras solidarias, los Hospitales de la Solidaridad, los parques zonales. Para asegurarse de realizar grandes obras sin cuestionamientos, y ante la falta de técnicos en su equipo, trasladó la ejecución de los proyectos, que recaían siempre en el Fondo Metropolitano de Inversiones (Invermet), a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Dicho organismo manejó el 40% del presupuesto de inversión del municipio y fue el gestor de los proyectos.

El nivel de aprobación de Castañeda fue muy alto en sus primeros cuatro años de gestión, y fue muy hábil para hacer lo que la gente quería y evitar aquello que pudiera dañar su imagen. Fue reelegido en el 2006, y en este periodo destacaron la recuperación pacífica del mercado mayorista de Santa Anita en el 2007, y el inicio —casi cinco años después de anunciarlo—, de la construcción del Metropolitano. Las mayores opciones de estructuración financiera para las obras de infraestructura y la aparición de las asociaciones público privadas permitieron hacia el 2009 empezar a desarrollar proyectos de inversión de grandes dimensiones, como la Línea Amarilla, rediseñada y rebautizada por la actual gestión de Villarán como Vía Parque Rímac. En el 2010 renunció a la alcaldía para postular a la Presidencia de la República, cuando las encuestas lo daban como ganador.

Finalmente, quedó fuera de la contienda electoral, afectado, entre otras variables, por las graves acusaciones por el caso Comunicore (ver siguiente artículo).

 

SUSANA VILLARÁN (2011 - ¿?)

Como parte de la alianza con Castañeda, Lourdes Flores fue presentada como candidata al sillón municipal limeño tras fracasar en las elecciones presidenciales del 2001 y 2006. Su principal rival era el hasta entonces alcalde de la Región Callao, Alex Kouri. La inesperada tacha a este último dejó un vacío en la contienda que fue aprovechado por Susana Villarán, quien tras una angustiosa campaña logró convertirse en la primera alcaldesa de la ciudad elegida por voto popular.

A diferencia de sus predecesores, que realizaron obras mientras armaban sus proyectos más grandes, Villarán no llegó a hacerlo o lo hizo mal, por lo que rápidamente enfrentó las críticas de los perdedores. Peor aún, los pocos proyectos mediáticos importantes —la recuperación de La Herradura y el traslado de vendedores de La Parada a Santa Anita, así como los proyectos emblemáticos de continuidad de la anterior gestión, como la Línea Amarilla y el Túnel de Santa Rosa— enfrentaron problemas en su ejecución. La oposición lanzó su artillería y la prensa no le era particularmente favorable. El desprestigio de su gestión fue en ascenso y se formalizó el pedido de revocatoria.

En su segundo año, Villarán trató de aprovechar las iniciativas público privadas para tener un portafolio de grandes obras que anunciar. Nunca antes la Municipalidad de Lima había lanzado tan ambiciosa cartera de megaproyectos vía procesos de concesión, que alcanzan casi los US$ 2.500 millones. Ya aprobadas por el Concejo Metropolitano están las Nuevas Vías de Lima, intervenciones en puntos neurálgicos de la Panamericana Sur y Norte para mejorar su transitabilidad, por US$ 600 millones; la ampliación de la Vía Expresa hacia la Panamericana Sur, por US$ 200 millones. Vía Parque Rímac por US$ 700 millones y en cola vienen la ampliación de la Vía Expresa de Javier Prado hasta La Marina por US$ 800 millones, que está asignada a Graña y Montero por un juicio que le ganó a la alcaldía luego de que Andrade se echara para atrás en el proyecto y que Castañeda no se atreviese a anunciarlo por temor a mermar su popularidad por el cobro de peajes; y el túnel San Francisco por US$ 200 millones.

También destaca la obtención por parte de la Municipalidad de Lima del grado de inversión internacional en los años 2011 (Fitch) y 2012 (Moody’s), en reconocimiento a su orden en las finanzas y a su clima favorable para las inversiones.

Lo que pocos saben es que, fuera de las grandes metidas de pata difundidas por los medios, Villarán ha mejorado algunas obras de la gestión anterior, como los Hospitales de la Solidaridad y los parques zonales (ha construido cuatro nuevos hospitales y los ha interconectado al colocar las historias clínicas en línea, mientras que ha añadido un nuevo parque zonal y ampliado los servicios de todos). Además, ha optimizado iniciativas como las escaleras, al asignarle una dirección a cada una, numerar las viviendas de su entorno e instalarles descansos y jardines. Todo esto unido al Programa Barrio Mío, que acaba de iniciarse y que mejorará las condiciones de vida de la población en zonas marginales y laderas de cerros.

Estas acciones se enmarcan en el Plan Regional de Lima al 2025, versión moderna, concertada y ampliada del Plan Met de Belmont. Queda saber si Villarán podrá ponerlo en marcha.

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