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Los de arriba y los de abajo

¿Por qué diablos no nos despeñamos hacia el populismo autoritario nuevamente? Ninguna razón parece muy estable ni conseguida para siempre. Pronto tocará apretar los dientes nuevamente.

Alberto Vergara Paniagua
Ilustración: Lucho Chumpitazi

HERRAMIENTAS

En 1924, el gran intelectual y político mexicano José Vasconcelos decidió dejar las alturas de la política nacional y postular a gobernador en su natal, sureña y rural Oaxaca. Le tocó enfrentar a un popular político local, Onofre Jiménez. Tras perder la elección, Vasconcelos se quejó amargamente de haber sido derrotado porque su adversario siempre repetía ante las audiencias la misma cantaleta: “El licenciado Vasconcelos toma champagne y yo tomo mezcal: Yo debo ser gobernador”. Para bien y para mal, desde entonces el argumento ha sido un arma de seducción masiva en la política latinoamericana. Para bien porque acabó con la política de minorías iluminadas: a diferencia de la del siglo XIX, la política del XX debió reflejar las maneras, el hablar y las necesidades de sectores enormes de la población que habían sido hasta entonces invisibles. Para mal porque el argumento de la identificación primaria y gregaria —la mancha del mezcal contra la gentita del champagne— permitía ganar elecciones en el corto plazo pero, al atizar la desconfianza entre los individuos, inhabilitaba a la larga la construcción de unas instituciones igualitarias para los ciudadanos.

Al igual que en otros países latinoamericanos, la política peruana está atravesada por esta tensión. El intento de revocatoria a la alcaldesa Susana Villarán ha sido el episodio más reciente, pero no el último. La desaparición de los partidos políticos nacionales ha dejado a nuestros electores calatos de lazo político. Casi nada los agrupa, ni grandes ideas, ni redes clientelares, ni militancia de ningún tipo (“militancia”, vocablo perteneciente a una lengua muerta hace mucho). Sin nada que los vincule, sin nadie que los lidere, nuestros ciudadanos quieren y detestan de oídas, aborrecen y endiosan por contagio. Los de arriba se contagian entre ellos y los de abajo también. Hace un par de siglos, Edmund Burke definió un partido político como un grupo de individuos diferentes unidos por un principio común. Pero si los principios comunes —y con ellos los partidos— han desaparecido, ¿dónde se van a encontrar estos ciudadanos diferentes? En ningún sitio. Entonces surgen afectos e iras germinadas al calor de lo que decimos entre vecinos. Y así, de pronto, el 70% de los pobres de Lima aborrecía a Villarán y similar proporción de los pudientes la apoyaba.

Paradójicamente, debido a las mismas razones, esas tendencias sociales también pueden desbaratarse en unas pocas semanas de campaña mediática. Ni el afecto ni el rechazo están atados a alguna convicción, tampoco a un liderazgo y en tales condiciones ese electorado puede cambiar de parecer rápidamente, sin complicaciones ni mayores costos. Es ahí que irrumpe el meme como novedoso artefacto de intermediación política. Y funciona. El Perú siempre innovando en materia de teoría política.

Susana Villarán se ha salvado. Y más importante aún, el sistema político peruano se ha salvado de una revocatoria que iba a teñirlo todo de mala leche. Pero si de salvar la piel se trata, ¿no es eso lo que ocurre a cada tanto en nuestro país? Nos salvamos de Alan el 2001, nos salvamos de Humala el 2006, de Keiko el 2011 y hasta ahora nos venimos salvando con este Humala encorsetado como está por sus limitaciones y por el sistema imperante. ¿De qué nos salvamos a cada tanto los peruanos? ¿Qué significa salvarse? ¿Cuál será el próximo eslabón en la cadena de salvaciones?

Estoy convencido de que el proceso de revocatoria fue importante, no era una elección vecinal más. Estaba en juego la entronización de lo peor de nuestra política en la capital del país. Más que una elección subnacional fue una semi-nacional. Si nos olvidamos de los nombres propios, demuestra que Lima se parece el resto del Perú. Un país políticamente dominado por el malestar, atravesado por una vinagrera general que va de los conflictos locales y violentos que nadie sabe cómo mediar a las elecciones presidenciales que cada cinco años tienen al Mónaco limeño (Neira dixit) con el rosario en la boca. Si me permiten generalizar (generalizar: “Mentir y decir la verdad al mismo tiempo, sin dejar de mentir y sin dejar de decir la verdad”, Monsiváis), los de abajo viven recontra asados con los de arriba. “Arriba” no es solo una clase social, arriba es una postura, unas maneras, un privilegio intolerable. ¿Por qué nos odian?, se preguntaba Vargas Llosa en medio de la campaña presidencial de 1990 al ver que, en un pueblo joven, “armada de palos y todo tipo de armas contundentes me salió al encuentro una horda enfurecida de hombres y mujeres, caras descompuestas por el odio que parecían venidos del fondo de los tiempos, una prehistoria en la que el ser humano y el animal se confundían… ¿De qué se defendían? ¿Qué fantasmas estaban detrás de esos garrotes y navajas amenazantes?”

Esa desconfianza y rechazo son la materia prima que nutre y vigoriza todos los populismos latinoamericanos, que permite construir regímenes fundados en el pueblo como algo distinguible y contrario a las “elites” (el lema presidencial del gran Abdalá Bucaram sigue siendo imbatible, “una sola ideología: contra la oligarquía”). El punto es que a través del tiempo en el Perú se mantiene esa materia prima para el populismo. Sin embargo, Fujimori le extrajo los reflejos políticos y legó un magma social populista pero despolitizado. O sea, si Chávez pidió que a cambio del clientelismo el pueblo organizara círculos de polo rojo que tomaran plazas, calles y cerros y amedrentasen a la “oligarquía”, Fujimori exigió a cambio, más bien, quedarse en casa viendo a Laura Bozzo. El punto es que la desconfianza y el malhumor de los de abajo respecto de los de arriba no ceden. La mancha del malhumor lidia con dos tipos de políticos. De un lado, con los oportunistas que vampirizan su amargura para intentar convertirla en agua para sus molinos, como Alan García o Luis Castañeda en el reciente proceso revocatorio. Y, del otro, con políticos que simplemente los defraudan. Susana Villarán es el ejemplo más reciente de este tipo. Ganó con el voto de los distritos más pobres de Lima, apenas unos meses después esos mismos electores la detestaban y, simultáneamente, como si de un tubo directo se tratase, recolectaba el aplauso del establishment limeño.

Pero mejor es que des-susanicemos la ecuación. ¿Qué origina que los de abajo se distancien en poco tiempo de los políticos que ellos mismos eligen y los aborrezcan acaloradamente? ¿Y por qué gobernar en el Perú es un ejercicio que invariablemente granjea los mimos y el aplauso de los happy few? Con sus propias tonalidades e intensidades, ambos movimientos hilvanan el gobierno de Toledo, García y también la gestión de Susana Villarán. El de Humala por el momento consigue, en lograda pirueta noventera, seducir a los de arriba sin ser ensartado por el odio de los de abajo. Si el fenómeno alcanza a cada uno de nuestros gobernantes, mal hacemos en tratar de analizarlos aisladamente. O, peor aún, hacer caso de lo que cada uno suele esgrimir como argumento para sus deshilachadas popularidades. Toledo y Villarán solían culpar a las comunicaciones (una de las frivolidades más recurrentes de la política peruana es la frase “no sabemos comunicar”). Alan García, en cambio, creía que los aplausos le eran esquivos porque somos andinos y tristes (Alan García, sin duda, el mejor presidente peruano del siglo diecinueve). Sin embargo, más allá de cada político malquerido y de sus propios delirios hay un sistema político oxidado y apestado, un pudridero al que los peruanos pasan cada cinco años por el callejón oscuro electoral y que se encarna cotidianamente en el rechazo a pasajeros gobernantes o congresistas que consternados se preguntan ¿qué he hecho yo para merecer esto?, cuando es muy posible que ni siquiera importe qué hayan hecho y no sean más que la punta de un inestable iceberg del que ignoran su existencia, abrumados como suelen estar por sus propios egos.

Regresamos al punto: nos salvamos. ¿Para siempre o hasta nuevo aviso? Ojalá fuera para siempre. Me gusta pensar que esto ha sido para el sistema político peruano el equivalente de lo que fue el impeachment a Collor de Mello en Brasil. Aquel momento fundamental a mediados de los noventa en que el sistema político de nuestros vecinos se vacunó para siempre de populismo al liquidarlo antes de nacer. Chau telepopulista. Quedaron dos partidos serios y democráticos con dos líderes enormes, serios y democráticos. Pero justamente porque pienso que el intento revocatorio limeño estaba hecho de la misma madera con la que los peruanos flagelan a sus instituciones y políticos permanentemente, creo que en realidad nos parecemos más a Ecuador. Ahí hubo un tiempo en el que andaban salvándose de intentonas populistas. Se salvaron de Bucaram al vacarlo por locura y se salvaron también de Lucio Gutiérrez. Pero no se salvaron de Correa. El sistema se defendió mientras pudo, fue desgastándose y cayó cuando le surgió un challenger macizo.

Cuando Ollanta Humala y Keiko Fujimori alcanzan la segunda vuelta y en cada departamento del Perú, con excepción de Lima, suman cantidades astronómicas de votos; cuando el 70% de los pobres de Lima despliega las alas de su ira contra Villarán; cuando un porcentaje de peruanos que prefiero no recordar quisiera que se clausure el Congreso mañana (sincerémonos, en realidad desearía incendiarlo con los congresistas dentro); cuando sabemos que somos el país con menos confianza en la ley de toda América Latina, pues solo el 12% considera que ella importa en el Perú; en fin, cuando vemos esa permanente desconfianza en el Estado, en el régimen político, en las instituciones, en los políticos, ¿cómo creer que nos hemos salvado para siempre del mandón abusivo y la política de chacra? ¿Por qué diablos no nos despeñamos hacia el populismo autoritario nuevamente? ¿Será porque la economía sigue creciendo a todo vapor? ¿Será porque Humala carece del talento de un Correa, Chávez o Uribe para enamorar a sus ciudadanos desde la tele? ¿Será porque en los ministerios cruciales tenemos una tecnocracia y burocracia eficientes que se las ingenian para mantenerse en sus puestos sin importar lo que ocurra cada cinco años en nuestras elecciones? Ninguna razón parece muy estable ni conseguida para siempre. Pronto tocará apretar los dientes nuevamente.

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